El Mundial 2026 acabó para México. La combativa selección mexicana deja buenos recuerdos y vagas esperanzas. Un análisis.Como sede y como competencia deportiva, el Mundial 2026 acabó para México. No habrá más partidos del torneo en canchas mexicanas, y el equipo tricolor jugó también ya su último partido al ser eliminado por el combinado británico. Y sin embargo, la cara de la selección mexicana en la actual Copa del Mundo resultó distinta, incluso a ojos cansados que han visto fracasos estrepitosos del equipo mexicano (como en el Mundial de Argentina 1978) o la fugaz titilación en los mundiales de Francia 1998, Alemania 2006 y Rusia 2018. El saturado aderezo de Javier Aguirre Como en un aderezo húngaro, Javier Aguirre echó al caldillo ingredientes poco ortodoxos para darle sabor al conjunto mexicano. Miró hacia la generación actual, presentando muchas caras nuevas, e incluso tuvo la osadía de convocar al mundialista más joven de la competencia: Gilberto Mora, que hizo su debut en el máximo escenario del fútbol con apenas 17 años. Al mismo tiempo, Aguirre puso la sal de veteranía con “vacas sagradas” como el arquero Guillermo Ochoa, que a sus 40 años jugó su sexto mundial, o el delantero Raúl Jiménez, apenas cinco años más joven. Para completar el atrevimiento, el técnico convocó, como en Sudáfrica 2010, a jugadores naturalizados que, en esta ocasión, sí le respondieron: Julián Quiñones, nacido en Colombia, y Álvaro Fidalgo, español con una larga historia en el fútbol mexicano. La mezcla resultante transmitió claras sensaciones a los ojos del esperanzado hincha mexicano, que como cada cuatro años se acordó de la canción “Cielito lindo” para cantarle a la Sierra Morena, orgullo de Andalucía. La selección mexicana fue de menos a más, desde el 2-0 en el partido inaugural contra Sudáfrica, que continuó con el 1-0 contra Corea del Sur, el 3-0 contundente contra la República Checa y el triunfo 2-0 contra Ecuador. El tren parecía imparable, con una ofensiva por momentos contundente y una portería limpia de todo reproche luego de cuatro partidos. Es más de lo que se esperaría de una plantilla modesta, y algunos dirían mediocre, sin jugadores en clubes de primerísima categoría mundial. Dos trampas, dos minutos, dos goles Pero llegó en octavos de final la cita inevitable con el destino. Un equipo inglés siempre bien parado, aunque no demasiado brillante, fue al Estadio Azteca con un plan claro: atacar a la defensa central mexicana, por alto. El clásico juego aéreo que ha hecho famoso al fútbol inglés desde tiempos de Bobby Charlton. La trampa se concretó al correr a Harry Kane a la derecha y hacer a Jude Bellingham colarse en fuertes arremetidas por el centro. Dos minutos fatales de la defensa acabaron con el sueño mexicano. Luego de una temporada miserable con el Real Madrid, Bellingham, ex del Borussia Dortmund, se acordó en el Azteca de que sabía jugar al fútbol y de que podía cabecear. Hizo una y otra cosa. Las filas mexicanas, desconcertadas, cayeron no una, sino dos veces en la cínica trampa, y eso, más un penal convertido por Kane, bastó para sentenciar. La turbulenta alegría mexicana Acabado el partido, nació la hora de los balances. Es verdad que en el banquete mundialista mexicano no todo transcurrió tranquilamente. Como lo había demostrado Brasil en 2014, no es posible ni justo pedirle alegría incondicional a una sede con tantas urgencias sociales. Así, cada partido estuvo precedido de protestas, bloqueos y enormes despliegues policiales. Pero, por lo menos hoy, no es de esto de lo que se habla en la lejanía. “Los de Aguirre cayeron con honores en el Azteca ante una Inglaterra que supo sufrir”, destaca el diario español Marca. En Estados Unidos, el medio Newsweek afirma que “Inglaterra vs México supera a todos los demás partidos de la Copa del Mundo 2026”. Y así por el estilo siguen otros medios internacionales. ¿Y en lo deportivo? Tras el adiós mexicano, el Mundial 2026 dejó a los anfitriones un saldo conocido: se jugó con el corazón inflamado, los botines bien puestos y la cabeza en alto. Quedaron, como se dice en el fútbol, “buenas sensaciones”, más la vaga esperanza de que algún día vendrá un futuro mejor. Eso en la dimensión emocional. Hecho sin tales arrebatos, el balance mundialista de la selección mexicana no se movió un milímetro, en ninguna dirección. Curada la euforia con el antídoto de la realidad, tras la Copa del Mundo 2026, sus vicisitudes y sus sobresaltos, sigue vigente la brutal síntesis del existencialismo futbolístico mexicano. Esta se resume en el epitafio nuestro de cada Mundial: “Jugamos como nunca, y perdimos como siempre”. (ms)