Los insurgentes de Varsovia no tienen lápidas: sus cuerpos yacen enterrados bajo los escombros de la ciudad. La escritora Hanka Grupinska ha escrito un libro que es un monumento a los combatientes caídos.”El gueto de Varsovia no tiene cementerio. Los restos de los soldados judíos se han mezclado con los escombros de la ciudad destruida. Las cenizas de sus cuerpos calcinados, con la tierra. No hay tumbas, ni lápidas, ni personas con nombre y apellidos. Ni siquiera hay una breve nota sobre quién era y cómo vivió”, escribió Marek Edelman, uno de los líderes del levantamiento del gueto de Varsovia, en 2002. “Hanka Grupinska crea un monumento. Construye un monumento para cada uno de los soldados. Este es un cementerio de la Organización Judía de Combate. Este cementerio no está formado por zonas verdes, ni por flores, ni por piedras. Es un cementerio de letras, de palabras. Este cementerio estará en la estantería y recordará cada día a aquellos que no tienen tumbas de piedra”, decía el prólogo de Edelman al libro “Leer la lista. Relatos sobre los insurgentes de Varsovia de la Organización Judía de Combate”. La autora, la periodista polaca Hanka Grupinska, lleva desde los años 80 recopilando testimonios de los insurgentes. “Quería plasmar los destinos de los combatientes, su vida, y recuperar las biografías perdidas”, afirma Grupinska en entrevista con DW. “He transcrito los relatos de los supervivientes y, a través de ellos, también he conocido los destinos de los fallecidos. A partir de sus relatos, he reconstruido el mundo desaparecido”, continúa la periodista. Al hacerlo, subraya que lo que le interesa, sobre todo, son las experiencias de los testigos de la época y no tanto la “verdad objetiva”. Primeros éxitos de la revuelta En la mañana del 19 de abril de 1943, combatientes judíos atacaron a las tropas alemanas que irrumpían en el gueto. El objetivo de las unidades alemanas, dirigidas por el líder de las SS y de la Policía Jürgen Stroop, era liquidar definitivamente el gueto de Varsovia y enviar a sus habitantes a las cámaras de gas de los campos de exterminio. Se desconoce el número exacto de insurgentes. “Probablemente fueron más de 300”, afirma Grupinska. La mayoría de los combatientes carecían de formación militar y estaban escasamente armados, con pistolas, granadas y cócteles molotov. Además de la Organización Judía de Combate (ZOB), de tendencia más bien izquierdista, participó también en el levantamiento la Unión Militar Judía (ZZW), mejor armada y compuesta por sionistas de derecha y exoficiales polacos. Ambas organizaciones lucharon por su cuenta. La explosión de la Gran Sinagoga Gracias al efecto sorpresa, los combatientes de la ZOB lograron inicialmente algunos éxitos: el primer día murieron seis hombres de las SS y seis soldados de las tropas auxiliares alemanas. Se incendió un tanque. Pero entonces Stroop decidió quemar el gueto sistemáticamente, casa por casa. Los insurgentes se refugiaron en sótanos y búnkeres. Tras 27 días, el 16 de mayo de 1943, Stroop ordenó volar la Gran Sinagoga. Con este acto simbólico, declaró concluido el levantamiento. “Ya no existe un barrio judío en Varsovia”, informó a sus superiores. De su informe final se desprende que, de los aproximadamente 56.000 judíos capturados, casi 14.000 fueron fusilados. Entre 5.000 y 6.000, entre ellos la mayoría de los combatientes, murieron en los bombardeos y los incendios. Grupinska plasma destinos La entrevista con Marek Edelman, uno de los líderes del ZOB, supuso un punto de inflexión en la investigación de Grupinska. Edelman permaneció en Polonia tras la guerra. La entrevista, que se publicó en 1985 en la revista clandestina de Poznan Czas (Tiempo), pronto se tradujo a varios idiomas y se consideró una fuente importante para la historia del levantamiento. Gracias a la mediación de Edelman, Grupinska estableció contacto con antiguos combatientes que habían sobrevivido y habían emigrado a Israel o a Estados Unidos tras la guerra. “La última bala era para nosotros mismos” “Vimos a los alemanes entrar en el gueto. (…) Entraron temprano por la mañana, cantando, seguros de su causa. Empezamos a atacarlos. (…) Lanzamos una granada y nos pusimos inmediatamente a cubierto debajo de la ventana”, recordaba Masza Glajtman-Putermilch. “Al poco tiempo, nos retiramos a los áticos, porque ya no teníamos munición. Una bala, la última, debíamos guardarla para nosotros mismos, (…) para no caer vivos en manos de los alemanes”. Uno de los momentos más dramáticos fue el intento de huir del gueto sitiado a través de las alcantarillas. “Éramos 40 personas las que salimos por las alcantarillas. Una parte se quedó abajo y murió más tarde. (…) Las ratas nos saltaban encima. Había excrementos flotando, y ese hedor”, contó Glajtman-Puttermilch. En un camión que recogió al grupo tras salir de las alcantarillas, los combatientes fueron trasladados a un bosque cerca de Varsovia, donde se unieron a una unidad de partisanos. Edelman lamentó lo que, en su opinión, fue un apoyo insuficiente por parte de la población no judía. El mundo fuera de los muros (del gueto) era el enemigo. “Un enemigo no es solo aquel que te mata, sino también aquel que se muestra indiferente”, subrayó Edelman. El impacto del levantamiento El levantamiento del gueto de Varsovia se convirtió en el “punto de referencia central de la resistencia judía en Europa”, escribió el historiador alemán Stephan Lehnstaedt en el libro “La resistencia olvidada. Judías y judíos en la lucha contra el Holocausto”. El levantamiento fue “real y pronto estuvo en boca de todos, sobre todo gracias a las noticias internacionales de los aliados en el Este y el Oeste”, subrayó Lehnstaedt. “Solo en la Europa del Este ocupada se produjeron después otros 29 intentos de levantamiento”, recordó. Varsovia fue una “señal poderosa para salvarse a uno mismo”. (mn/rml)
