Ha pasado casi un mes desde que terminó el Festival Internacional de Teatro “Progresista”, celebrado entre el 27 de junio y el 9 de agosto de 2022, y todavía resuena el eco de los aplausos… los oficiales, claro está. Porque si algo dejó claro este festival es que, en Venezuela, la cultura también puede convertirse en un instrumento de propaganda, siempre lista para maquillar la realidad con luces, telones y discursos sobre “humanizar la humanidad”.
El FITP no fue un festival: fue un espejo. Un espejo donde el poder se miró, se admiró y se aplaudió con entusiasmo. El país, mientras tanto, siguió lidiando con su propio drama, ese que no tiene intermedio ni aplausos.
Un festival para demostrar que todo está bien… en el guion
Mientras los servicios públicos colapsan, los salarios se evaporan y la migración continúa vaciando ciudades, el Estado decidió montar un festival internacional para demostrar que aquí “la cultura florece”.
Florece, sí: en los discursos, en los afiches, en las transmisiones oficiales. En la vida real, la cultura sobrevive a punta de terquedad, creatividad y resistencia. Pero el festival llegó como un decorado perfecto para la narrativa gubernamental: si hay teatro, entonces hay normalidad.
“Progresista”: el adjetivo más sobreactuado del evento
El festival se autoproclamó “progresista”, como si repetir la palabra fuera suficiente para convertirla en realidad. Pero en un país donde la crítica institucional se castiga, donde la libertad de expresión vive en modo de emergencia y donde el teatro independiente lucha por no desaparecer, hablar de “progreso” es casi un chiste involuntario.
El FITP estuvo lleno de discursos sobre justicia social, igualdad y transformación. Todo muy inspirador… siempre y cuando nadie mencionara la desigualdad, la precariedad o la falta de libertades dentro del propio país anfitrión.
Teatro sí, pero sin tocar al poder
El festival ofreció obras, talleres y conversatorios. Todo muy correcto, muy organizado, muy “humanista”. Pero hubo un detalle imposible de ignorar: el festival evitó cuidadosamente el tipo de teatro que incomoda al poder.
Ese teatro —el que cuestiona, el que denuncia, el que señala directamente al Estado— no tuvo protagonismo. En su lugar, abundaron las obras que criticaban al mundo, a la sociedad, al capitalismo, al imperialismo… a todo, menos a lo que estaba justo frente al escenario.
En Venezuela, el teatro puede ser crítico, siempre y cuando no critique a quien organiza el festival.
Un festival internacional para consumo interno
El FITP trajo compañías de varios países, lo cual suena impresionante hasta que uno entiende el verdadero objetivo: no era mostrar Venezuela al mundo, sino mostrarle al país que “el mundo viene a Venezuela”.
Es la misma estrategia de siempre: si vienen delegaciones extranjeras, entonces no hay crisis. Si hay invitados internacionales, entonces todo está bien. Si hay un festival, entonces la cultura está viva.
El teatro convertido en escenografía. La cultura convertida en utilería.
Conclusión: un festival que entretiene, pero no transforma
El Festival Internacional de Teatro “Progresista” 2022 fue un espectáculo bien producido, sí. Pero un espectáculo al fin. Un evento diseñado para proyectar una imagen, no para enfrentar una realidad.
Mientras el país siga atrapado en su propio drama —uno sin telón, sin aplausos y sin final a la vista— cualquier festival que se autoproclame “progresista” será, inevitablemente, una puesta en escena más: vistosa por fuera, vacía por dentro.