La captura de Maduro es una prueba para la política exterior de Brasil

Last Updated on enero 10, 2026 by Deutsche Welle

La presión de Washington sobre América Latina debería acelerar la reorientación de Brasil hacia China, los BRICS y otras nuevas alianzas, escribe Philipp Lichterbeck desde Río de Janeiro.Las reacciones del Gobierno brasileño a la captura del mandatario de Venezuela,Nicolás Maduro , por el Ejército de Estados Unidos, eran previsibles, y, en cierta forma, anacrónicas. La apelación al derecho internacional y a la preservación de la paz en América Latina sonó como el eco de la era pre-Trump, cuando todavía se pretendía que esas categorías tuvieran algún peso en la política exterior de Washington. Aun así, el Gobierno del presidente de Brasil, Lula da Silva, acertó al afirmar que se había cruzado una “línea inaceptable” y que el mundo dio un paso más hacia la violencia, el caos y la inestabilidad. También fue correcto recordar los períodos más sombríos de la injerencia de Estados Unidos en la región. Es no es -como se apresuró a alegar la derecha- defender a Maduro. Es posible, es necesario, defender las dos ideas al mismo tiempo: Maduro es un dictador corrupto y violador de los derechos humanos, y, al mismo tiempo, una intervención militar de EE. UU es inaceptable. Esa ambivalencia no es franqueza moral, es lucidez política. Una vez más, Washington decidió sobre América Latina sin consultar con los latinoamericanos. La democracia, los derechos humanos o la autodeterminación nunca estuvieron en juego. El objetivo fue otro: garantizar el acceso al petróleo venezolano. Los motores de la acción fueron, como casi siempre, el dinero, el poder y la influencia. Brasil ocupa una posición singular en la región: por la fuerza económica, por la abundancia de recursos agrícolas y minerales, por el tamaño de su territorio y su población. Eso le brinda una protección relativa contra el nuevo imperialismo estadounidense. Porque no hay duda: la doctrina Monroe de 1823 está siendo reeditada por Donald Trump. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos lo explicita. El documento proclama abiertamente el derecho de Washington a intervenir en América Latina -su “zona natural de influencia”- y de expulsar de allí a actores externos, como China, Rusia o Irán. Quien no se someta, debe contar con sanciones, tarifas punitivas, intervenciones directas o indirectas de injerencia en asuntos internos, inclusive por medio del apoyo a candidatos alienados al trumpismo. Pekín juega un juego diferente Estados Unidos ya intentó este escenario en Brasil y tuvo que ceder. No por respeto, sino porque el país tiene poder de negociación. Brasil no es una potencia militar, pero controla recursos estratégicos de los que depende el mundo. Y, sobre todo, tiene alternativas. La principal es China, con quien profundiza constantemente sus relaciones. Pekín juega otro juego. Menos estridente, más paciente. Hace pocas semanas, China publicó su “Libro Blanco sobre América Latina”. En él deja en claro que ya no se ve apenas como un socio económico, sino como un gestor geoestratégico. Pekín quiere liderar el sur global. Planea a largo plazo, actúa de forma cooperativa e integra la economía, la tecnología, la seguridad, la diplomacia y el poder blando en una estrategia coherente -exactamente lo opuesto a la improvisación unilateral de Trump y su entorno. En ese diseño, América Latina ocupa un papel clave en las nuevas coaliciones fuera de las instituciones dominadas por Occidente. Los BRICS y el G20 ganan centralidad en detrimento del G7. La CELAC surge como alternativa a la OEA, que está ampliamente controlada por Estados Unidos y que mantiene excluida a Cuba. La agresiva presión de Washington empuja a países como Brasil casi automáticamente a los brazos de China. La oferta china es más atractiva. Mientras EE. UU. amenaza, Pekín invierte. Financia la infraestructura, construye puertos, rutas y ferrovías, concede créditos a largo plazo que crean dependencias duraderas. Y lo hace sin imponer condiciones políticas, con una única exigencia: el reconocimiento del principio de una sola China. Al mismo tiempo, Brasil debería elevar la presión sobre la Unión Europea para concluir finalmente la firma del acuerdo UE-Mercosur. Un acuerdo de este tipo sería más que económico: sería una señal política de autonomía y el embrión de una alianza fuera de la órbita de las tres superpotencias. La derecha moderada de Brasil debería despertar Resta también esperar que Lula reconozca el grave error cometido al inicio de la invasión rusa de Ucrania, cuando atribuyó a la propia Ucrania parte de la responsabilidad de la guerra, y cuando la izquierda brasileña se hizo de las justificaciones falsas del Kremlin. En ese momento, faltó una condena clara a la agresión. Quien relativiza la violación del derecho internacional en Ucrania, pierde autoridad moral para indignarse cuando Estados Unidos hace lo mismo, amparado en pretextos igualmente frágiles, como el tráfico de drogas y la seguridad nacional. Finalmente, sería deseable que la derecha moderada brasileña despertase ante el riesgo que representa Estados Unidos para la soberanía de Brasil y volviera a defender los intereses nacionales concretos, en vez de tratar a Trump como un ídolo político. Philipp Lichterbeck quiso empezar una nueva etapa en su vida cuando se mudó de Berlín a Río en 2012. Desde entonces, ha colaborado con reportajes sobre Brasil y otros países latinoamericanos en periódicos de Alemania, Suiza y Austria. Viaja frecuentemente por Alemania, Brasil y otros países de América. @Lichterbeck_Rio. El texto refleja la opinión del autor y no necesariamente la de DW. (cp/ms)

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