Ha pasado una semana desde las elecciones municipales del 21 de noviembre de 2021, y el oficialismo continúa celebrando como si hubiera ganado un torneo mundial. El detalle es que competir en un torneo donde tú mismo escoges a los árbitros, escribes las reglas y decides quién juega… no tiene mucho mérito. Pero claro, cuando el poder vive de su propia propaganda, cualquier trámite administrativo se convierte en “hazaña histórica”.
Mientras tanto, el país observa con la misma emoción con la que se ve un semáforo cambiar de rojo a verde: ya sabemos exactamente qué va a pasar.
Ventaja institucional: el ventajismo convertido en sistema operativo
El oficialismo no compite: opera. Y opera con una ventaja institucional tan descarada que ya ni se molestan en disimularla.
• Un CNE que “equilibra” como una mesa coja sostenida por un folleto del partido.
• Un mapa electoral diseñado con bisturí, pero no para curar, sino para amputar votos adversos.
• Recursos públicos usados con la naturalidad de quien usa su propia billetera.
Con semejante estructura, perder sería un accidente, un error de cálculo, casi una ofensa a su propia ingeniería política.
Irregularidades: la tradición nacional que nunca falla
En Venezuela, las irregularidades electorales no son anomalías: son patrimonio cultural. Una semana después, siguen apareciendo denuncias como si fueran repeticiones de un programa que nadie pidió, pero que igual transmiten.
• Puntos rojos instalados con la sutileza de un circo ambulante.
• Empleados públicos “motivados” a votar con la libertad de un soldado frente a su superior.
• Propaganda oficialista omnipresente, como si el país entero fuera un gigantesco cartel publicitario.
En cualquier democracia, esto sería un escándalo. Aquí, es domingo.
Abusos: cuando el Estado se disfraza de partido… o ni se disfraza
El 21 de noviembre dejó claro que el Estado venezolano no es árbitro: es parte del equipo, y además juega de delantero, defensa, portero y cuarto árbitro.
Programas sociales usados como fichas electorales, instituciones convertidas en comandos de campaña, funcionarios actuando como operadores políticos. Todo con la tranquilidad de quien sabe que no habrá consecuencias, porque las consecuencias también las controla él.
La separación entre Estado y partido no está difusa: fue abolida hace años.
El resultado: victoria por diseño, no por voluntad
El oficialismo obtuvo la mayoría de las alcaldías. Qué sorpresa.
Cuando controlas el terreno, el reglamento, el árbitro y hasta el marcador, ganar no es un logro: es un trámite.
Pero una semana después, la realidad es evidente: no hubo mandato, hubo maquinaria. No hubo entusiasmo, hubo inercia. No hubo competencia, hubo administración.
Conclusión: una semana después, el país sigue sin tragarse la narrativa
El 21 de noviembre ya pasó, pero la sensación permanece: en Venezuela se puede votar, sí, pero elegir es otra historia.
Mientras el oficialismo mantenga su ventaja institucional, sus prácticas abusivas y su control absoluto del proceso, las elecciones seguirán siendo lo que fueron hace una semana: un ritual político predecible, útil para la propaganda, pero desconectado de la voluntad real del país.